viernes, 29 de abril de 2022

Polilla

Buscaba las calles vacías. Elegía los caminos con farolas lo suficientemente tenues como para escapar y aún así ser encontrado. Sintió que el gato que  se topó en su camino desde lo alto de aquella cornisa lo comprendía mejor que él. Antes de que pudiera siquiera plantearse preguntarle, éste continuó su paseo nocturno y desapareció a lo lejos.

Cuando volvió en sí percibió a lo lejos las luces del puerto. Junto a este, de espaldas al mar, el macizo recuerdo clamaba el silencio de ese juramento que todos han hecho aquellos aquellos a los que quieren. 

Esta vez no se sentó junto a los barcos. Continuó dirección al faro a través de un paseo marítimo inundado por el vacío. A lo lejos, el susurro de unos pasos le recordó que nunca podría huir del todo.  El agua parecía más segura.

Perder de vista la luz del faro lo puso nervioso. Observó entonces las lejanas luces de los barcos pesqueros que parpadeaban como si ellas también estuviesen tratando de ocultarse sin éxito.

Una farola pereció a su paso y volvió a iluminarse al alejarse. A cada ocasión en la que él se volteaba ésta metamorfoseaba. Parecía esconderse y reírse de él.

Divisaba de nuevo el faro. El camino se hacía más estrecho, reduciendo las posibilidades de un cambio de rumbo que lo alejase de ese destino autoelegido. 

Cuando se postró frente a aquella escalera que una vez prometió egoísta como el mayor obsequio para sí mismo, se dio cuenta de cuán  absurdo había sido desplazarse hasta allí. Escribió este texto, se descalzó y puso los pies sobre la arena.

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