jueves, 10 de enero de 2013

Un sueño demasiado real

Ya son las tres de la mañana y no soy capaz de cerrar los ojos. Estoy angustiado, mucho. ¿Pero de qué? No lo sé. El tiempo lo dirá.
Al fin tengo sueño. Bostezo y la oscuridad cae sobre mí. Estoy dormido. Pero mis ojos se abren.
Me pregunto dónde estoy, pero no veo nada. Hay una oscuridad completa que no me deja ver. Lo palpo todo, pero sólo consigo saber que estoy rodeado de cuatro paredes. Cuatro paredes sin puertas, sin ventanas, sin ninguna vía de salida. Cuatro paredes que me aíslan de la libertad.
Una creciente sensación de agobio crece en mi interior, un sentimiento de impotencia, de intentar respirar y no poder, porque no sé cuándo saldré de aquí o si ni siquiera lo lograré. Logro tranquilizarme un poco. ¿Qué puedo hacer? Me decido por golpear las paredes rezando porque alguien me oiga, pero sólo hay un abrumador silencio, que sólo lo rompe mi respiración forzada.
Me estoy ahogando y caigo al suelo. No me quedan fuerzas para seguir. Justo en el momento en que he perdido toda esperanza, las cuatro paredes caen y la luz inunda mis ojos. Allí están. A mi alrededor veo a aquellas personas que me dejaron demasiado pronto, todas aquellas que se marcharon, y en las que pienso  día tras día. Todo mi ser está repleto de una felicidad incomparable, una sensación de paz...
Me tienden una mano, y me dispongo a cogerla, pero en cuanto rozo aquellos dedos etéreos un fogonazo los hace desaparecer, y todo vuelve a la misma oscuridad de antes. Expulso un último suspiro.
Adios