sábado, 20 de julio de 2019

Al respirar (Proyecto de adaptación literaria conjunta de diversas canciones del grupo Vetusta Morla)

Nos dejé una historia en blanco, sin principio y final, que depende de lo que queramos ir contando. Al respirar ambos intentamos ser quien pusiera el aire, donde fuimos sed. Creímos que seríamos tan fuertes como héroes de guerra. Marché a otro lugar. Creía que el viaje no sería largo, pero elegí la ambigüedad, jugué con la distancia y heredé su soledad. 

Propuse ser quien pusiera el aire, haciendo de mí tu campo de batalla y tu escudo humano, partiéndome sin negociar ninguna mitad, y, por hacerlo a mi manera, escondiendo mi voz. Pensé que era eterno, y que el desgastarme no debía preocuparte , pues tus fantasmas me podrían resucitar, pero nadie nos enseñó dónde parar. El veneno hizo que se desangraran las sombras perfumadas.

En los días raros me pregunto si querrías ver lo que yo vi, si siguiera allí al despertar, si a quien viste caer  quizá fue un reflejo impostor, y no yo. ¿Hemos sido los buenos? Lo mismo será que no serlo, cuando llegue lo del cementerio. Me pregunto si el duelo fue tan largo que lo confundí con mi hogar. No sé si tu pulso es constante o si es un murmullo lejano. Sólo sé que el tiempo y la mosca de tu pared con una dulzura maldita me dicen que entre ruina, espina, herida y polvo, es pronto para la amnesia y tarde para irnos intactos. Ya el tiempo, que nos prometió inmortalidad y que nos vendió comodidad y el traje nuevo del emperador a cambio de un nudo entre las manos,  no está de nuestro lado.

Propuse ser quien pusiera el aire. Quise respirar tan fuerte que se rompiera el aire. Me di cuenta de que un arsenal de paciencia y celos marcaron la frontera de mi razón. Forcé mi realidad, huyendo de espejismos y horas de más, buscando auroras en una batalla contra un funambulista imbatible, a mil baldosas amarillas de Copenhague, cuyo aeropuerto me dejó el principio del capítulo final, y que me enseñó en tres minutos de complicidad a dejar de correr y a andar, mientras la corriente de su canal me mostró el camino hacia el mar.

En un vaivén de planes sin marcar perdí mi tren por ser quien soy, y por ver el mundo del revés, mientras intentaba comprender que tal vez lo que te hace grande no entiende de cómo y por qué. Probé a saltar sin red ni hogar. Tiraron a dar con un golpe maestro y una fórmula genial, y cayó sobre mí la bomba universal. En mitad del relámpago llegó el mal de altura, y caí en una grieta de boca en la tierra, por crecer, porque siempre callé por hablar. 

Sálvese quien pueda.

Me encuentro entre discursos de reyes y consejos de sabios, testigos de este encierro, de una vieja escuela sin profesor que tuvo que cerrar. Les pregunto qué hay que hacer ahora que todo está raro, y me dicen que aprenda del león y que salga de la jaula de cemento que pagó el domador, para encontrar la cuadratura del círculo. Me piden que deje mi equipaje en la ribera y que lo queme con menos humo y con más fuego; pero alguien olvidó que el fuego lo guarda San Juan, y quemándome en su hoguera, me dejó a la deriva. 

Mi suerte, la marea.

El rey Sol no me escuchó cuando quebré el timón al llevar la barca a la albufera, y ahora no sé a donde ir. Dejarse llevar suena demasiado bien, nunca saber dónde empezar. Nunca saber dónde terminar. El pájaro de tu recuerdo bate sus alas detrás de mí y su aliento me sigue mientras busco la zanahoria como Alicia sin ciudad en el jardín que regaron las nubes negras. A ese tesoro perfecto lo cubre la tormenta en la noche más negra. Me lo digo a mí: debo aprender a mirar con la duda entre los dedos y a tientas. No puedo seguir haciendo ceremonias de luna llena y esperar a un emisario que nunca llegará. Esta vez las palabras que no existen no me pueden salvar. Debo buscar el viento a favor. Debo levantar un refugio en la oscuridad, pero ¿quién quiere ocultarse de lo desconocido?

Deséame suerte.
Deseémonos suerte.

Ahora me refugio y rompo mi silencio en un cuartel de invierno, mi sala de espera para que el lobo, ese pequeño desastre animal en mi puerta, y el hombre del saco con su ramillete de amenazas y su amasijo de rencores por saldar, no puedan entrar. Esta sala de espera es una eternidad. Hablo con la piedra que encontré de luces, de nada, de cosas de verdad, de lo mortal. Me canta en una sonata fantasma una historia que sueña con ser soñada, con unos reyes magos sin carbón.

En este cuartel pongo el verano y el año nuevo en un mostrador, he aprendido a desdoblarme y espero un año más a que quede un año menos de dolerme, aunque solamente lleve un día en el mundo. Sueño con despertar en otro tiempo y en otro lugar. Porque ahora me encuentro en un punto sin retorno, colgado de puntos suspensivos, en el mismo sitio pero en distinto lugar. En Saharabbey road ya no hay escarabajos, en Francia no hay tour, y ahora La Mancha está sembrada de palmeras.

Valor para marchase, miedo a llegar. Proclamo por Dios, que haciendo autocrítica sé que ser valiente no es cuestión de suerte, que escapar parece tan oportuno, y que irse sin más parece tan imposible. Aunque esta vez intenté no respirar, por no ahogarme. 

Perdonad mi osadía, aunque esta vez quizá fue mejor marcharse.