Soy polvo. No tengo aparente razón de ser, al igual que tú. Pero eso ya todos lo sabemos. A los cristianos, desde que somos pequeños, nos dicen que tenemos un don, todos nosotros, sin importar edad, físico o inteligencia. Todos son igual de útiles y valorables. Quizás eso sea verdad, pero cuando has intentado encontrar el tuyo años y años sin resultado, te hace dudar. Es una sensación de inutilidad, acentuada por un pesimismo que lo consume todo, que ciega y que no te deja ver ese don, ese talento, ni aunque lo estés llevando a cabo en este momento. Quizás soy demasiado terco, quizá debería reconocer que nunca lo encontraré. y si lo encuentro, ¿de qué servirá si no lo veo?
Aparte de eso se nos dice que debemos usar esos dones para ayudar a los demás. Cómo me gustaría, de verdad, poder sentirme orgulloso de hacerlo. Es fácil utilizar cualquiera de esos talentos para ayudar.Se puede con el deporte, se puede con la música, se puede con la literatura. Se puede con tantas cosas... Ya he intentado estas tres cosas, y a la vista queda que han sido un fracaso. Quizá el fracaso soy yo. Incluso fracaso contra pronóstico, frente a personas que como voluntario e he decidido ayudar, y a las que veo que perjudico. Debería quizá dejarle mi puesto a alguien que de verdad pueda aportar algo de utilidad para ellos, que pueda manejar la situación sin verse inseguro, porque la inseguridad es una de peores barreras que tengo frente a mi, y que no puedo escalar.
Quizá no me esfuerzo lo suficiente, por mucho que a mis ojos luche hasta el final. puede que no. Quizá soy una perdida de tiempo para la gente que trata de ayudarme. Quizá lo peor al final del día es que mañana vuelve a empezar todo. Posiblemente llegue un momento en el que todas esas personas que han apreciado a un "yo" falso se den cuenta de que no soy esa persona que tanto les podía ofrecer, sino que simplemente soy un recipiente vacío, que nunca se llenará.
¿Qué sentido tiene la vida cuando no tienes nada que ofrecer?
Sonrisas cuando me hablas, triste reflexión cuando te das la vuelta. ¿Será ese mi don? ¿Esta mente fría y calculadora puede ayudar a la gente? ¿Esconder los sentimientos? ¿Es en serio una ayuda que nadie tenga que soportarme cuando estoy mal?
Si es esa mi misión de ayuda, lo estoy haciendo bien. Un confesionario no material es lo que me libera de estos pensamientos evidentemente no racionales, exagerados, pero que en cierto modo esconden esta sensación dificilmente descifrable.
Sé que esto posiblemente es lo peor, si cabe, de lo que he escrito, pero ¿qué más da? No tiene importancia, ya que tengo asumido que nunca ayudará a nadie, simplemente son letras.
Son letras que forman parte de una realidad con significado, pero cada una de estas letras por sí misma es como una persona sin don, inútil
lunes, 26 de octubre de 2015
martes, 13 de octubre de 2015
Pasado mañana
¿Por qué he vuelto más de un año después? Puede ser por simple añoranza. Quizá por desahogarme. Quizá simplemente quiero probar si soy igual que antes. Si escribo distinto. Quizá, si es posible, he empeorado.
Puede ser por muchas cosas, Posiblemente la más plausible sea el futuro. El futuro de pasado mañana. Una fecha insignificante que a mi alrededor suena expectante. Dieciocho años. ¿Qué más da? ¿Qué importa tener diecisiete o dieciocho años si nada cambia? Sólo es un número que te acerca al final.
Pensémoslo. Celebramos que nos queda un año menos de vida. ¿Tan desagradable, triste e insufrible es este viaje que queremos que finalice cuanto antes y celebramos que se acerque la meta? El ser humano no es comprensible. Queremos juventud eterna, pero celebramos la vejez, símbolo de tristeza e inutilidad. Cómo deben sentirse esas personas mayores, olvidadas como un juguete descolorido y lleno de polvo al fondo de una habitación. No todas la personas jóvenes piensan en eso, pero saben, por mucho que deseen esconderlo, que más pronto que tarde sabrán lo que es. Pasarán de ser los niños que olvidaron la pelota y el peluche por el móvil y al alcohol, a ser esa cosa olvidada. Cosa, porque ya no tendrán identidad, o al menos serán demasiado viejos para recordarla, y a nadie le merecerá la pena esforzarse por darles un nombre, un apellido. O un abrazo.
Son dieciocho. ¿Cuántos más va mi cuerpo a persistir? ¿Cuántas risas me quedan? ¿Cómo será? ¿Con quién será? Nadie puede responder, todos se preguntan.
Un día especial. No para mí. No voy a ser más adulto en dos días que hoy. Ni se me va a tratar de forma distinta. Bueno, a partir de ahora unos señores que dicen haberse preocupado por mí desde que nací, me pedirán que les de un voto. Ahora les sirvo, ahora me hablan. Quizás ser un nuevo objetivo para políticos, comercios, y bancos sea lo que me hace "adulto".
¿Cuántas veces hemos dicho que queremos ser adultos? ¿Dónde está todo lo que íbamos a tener cuando llegáramos a ese número? Yo estoy ya muy cerca, y no lo veo.
Me habéis engañado. Sólo soy un número. Uno de muchos, o quizá de pocos. Ya lo sabremos, o mejor dicho, ya lo sabréis. ¿Me lo diréis? ¿Estaré ahí para escuchar?
Viejos o jóvenes, todos somos un número. Y pasado mañana seré un número más cercano a mi vejez, a mi muerte. Pero quizá, como dijo un viejo número, "Algún día seremos suficientemente viejos para comenzar a leer cuentos de hadas de nuevo."
Puede ser por muchas cosas, Posiblemente la más plausible sea el futuro. El futuro de pasado mañana. Una fecha insignificante que a mi alrededor suena expectante. Dieciocho años. ¿Qué más da? ¿Qué importa tener diecisiete o dieciocho años si nada cambia? Sólo es un número que te acerca al final.
Pensémoslo. Celebramos que nos queda un año menos de vida. ¿Tan desagradable, triste e insufrible es este viaje que queremos que finalice cuanto antes y celebramos que se acerque la meta? El ser humano no es comprensible. Queremos juventud eterna, pero celebramos la vejez, símbolo de tristeza e inutilidad. Cómo deben sentirse esas personas mayores, olvidadas como un juguete descolorido y lleno de polvo al fondo de una habitación. No todas la personas jóvenes piensan en eso, pero saben, por mucho que deseen esconderlo, que más pronto que tarde sabrán lo que es. Pasarán de ser los niños que olvidaron la pelota y el peluche por el móvil y al alcohol, a ser esa cosa olvidada. Cosa, porque ya no tendrán identidad, o al menos serán demasiado viejos para recordarla, y a nadie le merecerá la pena esforzarse por darles un nombre, un apellido. O un abrazo.
Son dieciocho. ¿Cuántos más va mi cuerpo a persistir? ¿Cuántas risas me quedan? ¿Cómo será? ¿Con quién será? Nadie puede responder, todos se preguntan.
Un día especial. No para mí. No voy a ser más adulto en dos días que hoy. Ni se me va a tratar de forma distinta. Bueno, a partir de ahora unos señores que dicen haberse preocupado por mí desde que nací, me pedirán que les de un voto. Ahora les sirvo, ahora me hablan. Quizás ser un nuevo objetivo para políticos, comercios, y bancos sea lo que me hace "adulto".
¿Cuántas veces hemos dicho que queremos ser adultos? ¿Dónde está todo lo que íbamos a tener cuando llegáramos a ese número? Yo estoy ya muy cerca, y no lo veo.
Me habéis engañado. Sólo soy un número. Uno de muchos, o quizá de pocos. Ya lo sabremos, o mejor dicho, ya lo sabréis. ¿Me lo diréis? ¿Estaré ahí para escuchar?
Viejos o jóvenes, todos somos un número. Y pasado mañana seré un número más cercano a mi vejez, a mi muerte. Pero quizá, como dijo un viejo número, "Algún día seremos suficientemente viejos para comenzar a leer cuentos de hadas de nuevo."
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