miércoles, 26 de julio de 2017

Escala de cambio

El tren no saldría hasta una hora más tarde. Tendría tiempo para leer el periódico en alguno de los bancos situados en el interior de la estación. No le gustaba estar allí; suponía demasiados recuerdos para él, pero llovía y no parecía que fuera a parar.
Las noticias le daban asco. Como todos los días, trataban de asesinatos pasionales, corrupción en la política, excesos de deportistas millonarios… ¿Por qué los sucesos positivos no eran noticia? Dos meses antes una vecina había ganado la lotería, y con ese dinero pudo sacar a su hijo de la droga; y a su vez, el dinero que sobró lo destinó a obras sociales que ayudaban a los drogadictos a reintegrarse. ¿Por qué eso no era noticia?
Decidió cerrar el periódico. Sería mejor dar un paseo junto al inicio de la vía. Eso siempre lo calmaba. Aún quedaba media hora para que partiera el tren. Recordó cómo su madre lo habría llevado todos los veintitrés de diciembre a recoger a sus tíos que venían de la capital a pasar la navidad con ellos. Esa añoranza se convertía en angustia cuando recordaba el motivo por el que esta tradición había terminado para siempre.  Tres años antes ese mismo día habría sido el funeral de su tía. Poco había vuelto a saber de su tío, que entró en una profunda depresión.
Trató de alejar ese pensamiento de su mente, observando los rostros de los desconocidos con los que se cruzaba. No sabía exactamente por qué siempre hacía eso. Quizá era fruto de sus tareas laborales. Quizá era curiosidad. Le gustaba imaginar historias sobre ellos. Algunas eran dramas, en las que había celos, pasión y odio. Otras eran comedias divertidas, y con ellas a veces se le escapaba una pequeña sonrisa por la comisura de los labios. Algunos rostros, los más peculiares, se mantenían horas en su cabeza y protagonizaban las más grandes aventuras.
Pero había uno que no lograba olvidar. Ella era el motivo por el que estaba aquí. Quizá por su culpa reflexionaba tanto sobre su vida aquel día. Se preguntaba cómo todo pudo llegar a ese punto. Ni siquiera había sido su culpa, pero eso Ella no lo sabía. Ella, cómo no, los creyó a ellos. dieciséis años hechos trizas por su culpa. Malditos fueran todos ellos.
No era una persona que acostumbrase a odiar, aunque este caso sería una excepción. Cada vez que los recordaba un sudor le recorría la mente y sus manos temblaban. Esto último no podía permitírselo. No ese día. No en “el Día”
Cuarenta minutos. ¿Cómo pudo haber pasado tan poco tiempo con todas las cosas sobre las que había reflexionado? Los días de trabajo se hacían largos, pero ese no parecía uno cualquiera. Lo sentía, no sabía cómo ni de qué forma, pero lo hacía probablemente en su conciencia. Hasta ese momento siempre se había sentido bien consigo mismo, orgulloso de sus principios y valores. Eso último fue lo que les dijo. Ellos sabían que esos valores eran profundos. Sin embargo, nada en la vida es insondable. Creía ser invulnerable. Siempre lo había sido. Pero las cosas cambiaban. Claro que cambiaban.
Y por supuesto estos cambios no tenían razón de ser. ¿Cómo podría alguien comprender que ellos encomendaran una tarea así? ¿Cómo podía ser él el ejecutor de la misma? No le entraba en la cabeza. Él era un hombre de paz, o al menos trabajaba por ella.  Había realizado trabajos anteriormente que cuestionaban la moralidad. Pero siempre había encontrado un motivo, una razón por la cual entendía que era necesario llevarlos a cabo. Esta ocasión no era equivalente.  Nunca se había sentido sucio hasta entonces. La vida es una balanza. Cada acción supone un beneficio y un detrimento. Ser el que añadía el peso definitivo a uno de los lados no era fácil. Lo sabía. Un trabajo que, a costa de la estabilidad emocional, premiaba con estabilidad económica y con ciertos beneficios.
No era una persona inmoral. Sino todo lo contrario. A alguien inmoral no le supondría lo que a él enfrentarse a algo así. Trataba de inculcarse eso desde la misma noche en la que sus manos quedaron del todo atadas. No había más opciones. Esa mentira era verdad para él. No iba a ser imparcial esta vez. Esta vez uno valía más que cien. Habían conseguido que Ella lo odiase a base de mentiras sobre sus acciones, pero él no podía permitirse perderla.
No enamorarse, no tener amigos, no formar una familia. Reglas no escritas para un agente del Centro de Inteligencia. Reglas no escritas que quebrantó. Y por algo eran reglas. Debilidad. Perdió casi todo aquello que no debió tener nunca. No soportaría que le arrebatasen el último hilo que lo mantenía sobre el abismo. Ella.  Eran entrenados para soportar torturas, para morir antes que traicionar a su país, para quitarse la vida si era necesario por la bandera. Sin embargo, no eran entrenados para imaginar a una hija sufrir.
Aún quedaban veinte minutos. Era una sensación extraña, desear que un momento determinado llegue y no llegue al mismo tiempo. Cuando el sistema está corrupto, tú te corrompes, tarde o temprano. ¿Qué iba a ser de él? ¿podría mirarse alguna vez en un espejo? ¿Sería capaz Ella de dirigirse a él? ¿Podría limpiarse? ¿Sería algo de él?
Quince. Lo había hecho. Había vuelto a pensar. Cualquiera diría que era uno de los agentes más galardonados del país. A estas alturas nada le importaba salvo Ella. Quizá hubiera preferido suicidarse a realizar el trabajo. Sería fácil. Allí, junto a la vía que le traía tanta paz. Sacar un arma y apretar. Estaba entrenado para no fallar. Su mano se acercaba lentamente al bolsillo interior de su larga chaqueta, pero se apartó como una exhalación cuando el rostro de Ella apareció de nuevo en sus pensamientos. Hacerlo sólo supondría rabia que sería desatada sobre Ella. Ni siquiera sabía si aun completando el encargo Ella quedaría fuera de peligro. No lo creía, pero no tenía otra opción.
Catorce. En sesenta segundos había decidido morir y vivir. Había andado muchísimo, casi había llegado al final de la estación. Lo mejor sería darse la vuelta y volver al lugar donde se detendría su vagón. Lentamente, como tratando de parar el tiempo, emprendió el retorno.
Trece.  Algo más cerca. Repasaba el protocolo de actuación. No era complicado. De hecho, era el más sencillo que había tenido que estudiar. Esa facilidad era repugnante. Tenían tan poco valor para ellos que ni siquiera se habían molestado en elaborarlo.
Diez. Un último repaso mientras llegaba al lugar. Sólo le quedaba esperar cinco minutos a que llegara el tren, y esperar otros cinco a que se pusiera en marcha.
Se asustó de sí mismo al darse cuenta de cómo durante los últimos minutos todo estaba siendo mecánico, frío, calculado, apartando sus sentimientos. Supuso que era parte de su trabajo. En cierto modo no era más que una máquina que ejecutaba los comandos de sus superiores. Quien controlara la Central lo controlaría a él. Si hubiera previsto quiénes iban a ser sus amos, tal vez nada de eso estaría pasando. Tal vez Ella lo amaría. Tal vez Ella tendría una madre. Tal vez él sería libre. Tal vez él sería una buena persona.
Ya se veía el tren a lo lejos. Suspiró y esperó a que se detuviera. En cuanto abrieron las puertas, se apartó a un lado para dejar subir a varias personas. Al instante subió y buscó su asiento.  El tren era pequeño, y los vagones aún más, así que la búsqueda no le tomó mucho tiempo.
Allí estaban. Los había de todas las edades. Exactamente la cantidad prevista. Se sentó en su asiento, y se acomodó la chaqueta. Una de unos cinco años lo miraba de forma tímida desde el otro extremo del vagón y sonrió cuando sus miradas se cruzaron. Él respondió de la misma forma y posteriormente miró su reloj.
Dos minutos. Otro de edad media se encontraba en el asiento opuesto a él, leyendo el mismo periódico que él había leído en la estación.
-Siempre lo mismo, corrupción, muerte e injusticias -se dirigió a él al tiempo que esbozaba una sonrisa-. Mañana todos nosotros apareceremos en este periódico como los primeros inmigrantes refugiados en recibir la nacionalidad de manos del mismísimo presidente. ¡Las cosas están cambiando!
<<Sí que están cambiando>> se lamentó él en silencio.
Cero. El tren empezó a caminar. Un suspiro para Ella y se incorporó. Hora de trabajar.  <<Nadie>> pensó. Sacó su Remington del bolsillo interior de su chaqueta, y disparó al primero.

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