jueves, 27 de septiembre de 2012

Un apocalipsis comercial

Nos encontramos en un mundo, muy cercano, tan cercano que podemos decir que es nuestro mundo. Ojalá se pudiera decir que es un futuro, pero no. Es la actualidad, una actualidad que ahora en la que el hecho de que estemos en el apocalipsis no parece visible. Un apocalipsis, un apocalipsis comercial.

Parece una locura, pero está pasando de verdad. El mundo se consume poco a poco, mucho a mucho. lentamente y rápidamente a la vez. Pasa el tiempo y pasa la oportunidad  cada vez con menos posibilidades de volver atrás, de hacer retroceder el tiempo, de arreglar los errores garrafales que ha cometido esta maldita sociedad, de solucionar todo esto que está acabando con nuestro mundo.
En el tiempo en el que he escrito estas líneas y en el tiempo en que están siendo leídas, se han perdido oportunidades de acabar con este apocalipsis comercial.
Un apocalipsis en el que solo existen grandes empresas, que explotan a la gente, que cometen actos ilegales, que solo miran por su bien propio, y no se preocupa por la gente que hay bajo ellas. Grandes empresas que lo poseen todo, que nada necesitan, pero que quieren más, y más, y más... En definitiva, unas empresas que controlan el mundo. Un mundo en el que la gente se deja gobernar por estas multinacionales, de paredes frías y corazón muerto, que tienen la vista cegada por esos papeles de colores a los que les damos tanto valor. Unos papeles que son eso, papeles de colores, pero que tienen una gran importancia para la gran mayoría del mundo.
¿Cuántas personas inocentes, de vida humilde, y cuántas caras conocidas han perecido por culpa de esos papeles? Esos papeles tan valiosos pero que con apenas tres gotas de agua quedan inservibles. Irónico, ¿no?, papeles de colores sin apenas... sin apenas nada, que sobreviven antes que la vida de gente, a la vista resistente, capaz de partir ese maldito papel en dos, y que no reúne lo necesario para hacerlo...

Vayamos a donde vayamos siempre están ahí, en una bandejita en la mesa de un bar, en una caja registradora de un supermercado, en forma metálica en una fuente donde esas personas enamoradas o desgraciadas depositan sus deseos sus esperanzas... En todos lados, incluso sin saberlo en nuestro bolsillo.

Estamos en un mundo apocalíptico, en el que se mire desde donde se mire y hacia donde se mire nos encontramos con esos grandes edificios. Tapan nuestros paisajes, al igual que nuestra personalidad, como si de una mancha de pintura en la pared se tratase. Nos influyen, nos cambian, nos atraen, nos desagradan, pero al final vivimos a la expectativa de lo que dicten esos señores vestidos de traje en sus lujosos despachos. Y nos llevará hasta el fin...

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