Veintiuno, veintidós, veintitrés. Veinticuatro moratones en tu cara. Uno a uno impresos en tu cara por mi culpa. Cada uno de ellos con la huella de mis dedos. Cada uno de ellos reflejando una historia, reflejando un desacuerdo o un simple olvido. El primero empezó aquel día en el que estábamos en aquel parque. Estabas mal, y no te pregunté. Estabas mal, y buscabas un abrazo. Estabas mal y te sacudí. Estabas mal y al apartarte asustada te pegué. Estabas mal y ahora tenías una herida de guerra. Una guerra que nunca hubieras imaginado. La guerra que estabas perdiendo, por mi culpa, al traicionarte, pasando a ser todo de amor a terror.
Tenías miedo, de mí.
Otra vez te levanté la voz, y la mano. Y ya, cansada, te ofreciste indefensa a recibir los golpes que vinieran.
"En el fondo es buena persona", "En el fondo me ama", te hice creer. Pobre mujer, no sabías que eso no era amor. No sabías que yo te maltrataba y creías que te pediría perdón por todo esto. O tal vez sí lo sabías, pero era el miedo el que te hacía daño como yo, y te tapaba la garganta y no te dejaba decir "¡Para!". Aquí sólo existía mi voz, y mi voz quebraba tu corazón con cada grito. No podía parar. Cada golpe llamaba al siguiente a gritos, y a gemidos llamabas a tú a mi corazón, inerte, rogando algo de compasión, la que nunca encontraste. Y yo te amaba, o eso pensaba.
No sé por qué aguantaste tanto, debiste matarme mientras dormía, o huir, si no querías mancharte las manos con mi sangre, que estaba sucia de malos actos y de maldad. Qué poco dura la felicidad cuando llega. Y qué pronto te fuiste tú. Hubiera pedido otra oportunidad si hubiera tenido corazón, aunque tal vez me hubiera callado. No me la ibas a dar, no quería que me la dieras. Debí haber dejado de respirar.
Y ahora que no estás mis nudillos ya no están en carne viva, ni mi garganta desgarrada
Y ahora que no estás mi corazón a vuelto a latir.
Y ahora que no estás empiezo a sentir.
Y ahora que no estás recuerdo lo que te he hecho.
Y ahora que no estás estoy vivo pero muero.
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