Y como siempre, todo es igual
Abres los ojos, empieza un día nuevo, lleno de esperanza, lleno de luz. Un día lleno de posibilidades. Te sientes fuerte, capaz, y quieres empezar. No sales de tu habitación y ya se ha acabado, es lo mismo de siempre. Estás en ese pasillo, el mismo que ves día tras día cuando ese despertador que tanto odias vuelve a sonar a las seis, como aquella persona triste que sólo puede desempeñar una función en su vida, y la repite, viviendo tristemente esa rutina, de la que no puede salir, hasta que un día la oscuridad se la lleve tomando también el susurro de su lamento, sin dejar nada en este mundo que sea recordado. Cada día que pasa ese pasillo es más largo y estrecho, y te cuesta más llegar al otro lado, justo donde te espera esa escalera, la misma de siempre, que desciende a la vez que tus fuerzas, que tu esperanza de vivir algo nuevo.
Y como siempre, todo es igual, el mismo camino, la misma acera, la misma calle, la misma persona inmersa en sus pensamientos con la que te encuentras todos los días. En resumen, la misma vida. Nada que te anime a seguir. Eres aquel tocadiscos estropeado que reproduce siempre la misma música mientras te desgastas. No tienes razón de ser, de vivir, de sentir. ¿Pero qué puedes hacer? Nada. Sales a la calle con tus amigos, hablas con tu familia, y ahí, sólo en ese momento, te sientes vivo, pero para qué? En cuanto te separas vuelves a tu rutina. Has salido de la rutina para volver. No merece la pena. Es mejor que te quedes encerrado, en tu habitación, aislado, marginado, exento de toda realidad, esperando que todo pase, que todo se olvide, que nada se recuerde. Pero todo sigue, todo se sabe y nada se olvida.
Y como siempre, deseas el fin.
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